Obradoiro Dixital / Revista de Arquitectura / Outubro 2018 / Colexio Oficial de Arquitectos de Galicia

El mundo doméstico

Ana Pascual Rubio

Texto

El vínculo de Alejandro de la Sota con lo doméstico se inicia en su Pontevedra natal. Sus vivencias de niñez y juventud se desenvuelven en la residencia familiar ubicada en el emblemático edificio del Café Moderno, de amplias estancias, con su singular mirador de forja a la plaza de San José y con su grata galería posterior, que disfruta de hermosas vistas a un jardín privado. Durante los veranos, la familia se traslada a la "Casa de la Aldea" en Salcedo; casa toda de piedra, apenas visible desde la calle, donde su frondosa finca repleta de enredaderas, helechos, arbustos o pequeños bosquetes, configura un lugar propicio para el descanso y el disfrute de la vida al aire libre.

Es en la misma ciudad gallega donde Sota, poco antes de finalizar la carrera, recibe su primer encargo residencial por parte del padre de su gran amigo fallecido, Turiñas. La casa, ubicada en un enclave privilegiado a orillas de la ría, en la carretera de Pontevedra a Marín, asimila y reinterpreta elementos esenciales de la arquitectura popular gallega de los poblados marítimos, buscando su integración en el paisaje desde el respeto por lo existente, el anonimato y la discreción. "Se veía entre tantas casas y era una más. Ese fue, realmente, el principio y, si analizas todo lo que viene a continuación, ves que solamente era una casa de pueblo más, como las que seguiría haciendo después. Lo único importante es que la gente se encuentre mejor, que viva mejor y que los demás no se den cuenta de todas esas cosas".1

Finalmente, es también en Pontevedra donde el arquitecto logra materializar sus dos últimas experiencias domésticas construidas: el Bloque de viviendas en la calle Gondomar (1972) y la Casa Domínguez en La Caeyra (1976), ambas para familiares suyos. El primero se asienta sobre un céntrico solar con tres fachadas, antiguamente ocupado por una casa señorial propiedad de los abuelos maternos del arquitecto. Se trata de un ejercicio de encaje de una nueva pieza en la trama urbana consolidada que, sin renunciar a los principios modernos, se integra con maestría y discreción en el lugar. En él, Sota pone al día la arquitectura urbana tradicional gallega, con sus características ventanas enrasadas, sus miradores y sus galerías, a través de la abstracción y el empleo de nuevos materiales, como su envolvente de hormigón in situ de árido lavado o sus carpinterías con cierre de guillotina. La coronación del edificio se resuelve con galerías corridas frente a los jardines de Vicentí, para aprovechar las espléndidas vistas, y con terrazas escalonadas provistas de jardineras perimetrales, frente a las otras dos calles más estrechas, que mejoran la perspectiva urbana y hacen más atractivo el conjunto edilicio.

La Casa Domínguez constituye, por el contario, un ejercicio de novísima arquitectura, que se sitúa sobre unos terrenos de alto valor paisajístico en la urbanización de La Caeyra. A partir de una referencia tomada de Eero Saarinen, el arquitecto ensaya un innovador concepto de habitar, basado en una clara estructura funcional invertida y estratificada, que escinde a la vivienda en dos volúmenes de vitalidad, claramente diferenciados: un cubo tectónico y ligero, de vida activa, que flota sobre el suelo; y otro estereotómico, de vida pasiva que, sin forma definida, se hunde y diluye en el terreno, iluminado por agradables patios. Los dos cuerpos quedan separados por un vacío intermedio, a cota de terreno, que da acceso a la vivienda y se expande a toda la parcela. Una delicada secuencia de espacios intermedios prolonga la vida doméstica en el exterior.

Ambas propuestas condensan numerosos hallazgos del arquitecto en materia de habitar, fruto de sus vivencias, investigaciones y experiencias previas: la cubierta jardín como estancia habitable que incorpora el paisaje lejano y lo pone en valor, la agrupación de servicios en bandas técnicas, las dobles circulaciones de las estancias principales o el uso de unidades funcionales métricamente depuradas, como su sistema de "dormitorios-nicho con galería", iluminados por pequeños huecos o claraboyas, constituyen soluciones para el buen vivir, que optimizan el espacio y proporcionan libertad de acción a sus usuarios. En el interior, su escala humana aporta armonía y confort; y el empleo de nuevos componentes de catálogo con naturalidad y sensibilidad, como los pavimentos de madera Junkers o de moqueta de lana Sommer, los paramentos de aristas redondeadas y las carpinterías enrasadas a la tabiquería, color miel o blanco; o la cuidada selección de piezas de mobiliario, concebidas como una prolongación más del espacio arquitectónico, configuran una atmósfera cálida, sutil y delicada, donde la vida puede desarrollarse cómoda y lentamente.

Así pues, a lo largo de su trayectoria, nunca llega a abandonar Galicia, pero su inquietud hacia otros mundos profesionales le lleva a desarrollar su labor en la capital, extendiendo sus propuestas domésticas por diversos ámbitos de la geografía española. Todas ellas constituyen ejercicios de buenísima arquitectura que, operando desde el sentido común y una fina sensibilidad, surgen con sencillez, “de dentro hacia fuera”, con el deseo de configurar el mejor marco para la vida; para que ésta alcance su máximo disfrute y desarrollo. Aún hoy, podemos disfrutar de sus lugares creados con mimo para habitar en sus poblados de colonización de Sevilla y Badajoz, en sus bloques residenciales de Zamora y Salamanca, o en sus casas de la capital madrileña, Velázquez, Varela y Trigo, propiedad, esta última, de un buen amigo del arquitecto y constructor, entre otras obras, de la Casa Guzmán2. Es, precisamente, en esta vivienda, cuyo proyecto es simultáneo y prácticamente idéntico a la tristemente desaparecida propuesta de Algete, aunque adaptado a las particularidades de su emplazamiento y a los gustos materiales de sus propietarios, donde su hijo Juan relata, con cariño, una de las anécdotas más bonitas por él vivida durante sus frecuentes visitas a obra junto a su padre, cuando, estando sus huecos todavía desprovistos de carpinterías, un pajarillo se coló en ella y la atravesó, de punta a punta, atrapando sus miradas con la suavidad de su vuelo; preciosa metáfora de la libertad, levedad y fragilidad anheladas por Sota para el habitar de su mundo doméstico.3

Ana Pascual Rubio es doctora arquitecta (2016), con la tesis "Proyectar para la vida. Alejandro de la Sota. Viviendas en la bahía de Alcudia", por la Universidad Politécnica de Valencia, donde es profesora en el Departamento de Composición Arquitectónica. Ejerce la profesión liberal desde 2007.

Notas:

1. Alejandro de la Sota. "Una conversación" (con J. Manuel Gallego, Pedro de Llano, César Portela). Grial. 1991, nº 109. Tomada de: Moisés Puente (ed.). Alejandro de la Sota. Escritos, conversaciones, conferencias. 1ª ed. Barcelona: Fundación Alejandro de la Sota y Gustavo Gili, 2002, pp. 123-131.

2. Sobre el hallazgo del proyecto de la Casa para Felipe Trigo en la Fundación Alejandro de la Sota y la descripción de su contenido, véase: Ana Pascual Rubio. "Proyectar para la vida. Alejandro de la Sota. Viviendas en la bahía de Alcudia". (Tesis doctoral no publicada, leída el 28 de enero de 2016). Valencia: Universidad Politécnica de Valencia, 2016, p. 291.

3. Nuestro agradecimiento a la familia Domínguez y a Pilar de la Sota, por su amabilidad y colaboración en la realización de este artículo.